
Con el anunció del concierto de Paul McCartney, se disparó en redes sociales -y en la calle, hay que decirlo- una beatlemanía sin precedentes, por lo menos para las personas de mi edad, en Colombia. Ahora todo el mundo era tan fan de los de Liverpool (y les digo así porque me encanta escribir la palabra Liverpool), como yo lo había sido desde que por allá a principio de los 90’s, en el paquete básico de mi educación doméstica, mi papá había decidido incluir conocer la música y la historia de cada uno de los integrantes.
Teniendo un cubrimiento mediático que no se le daba a ningún concierto desde hace rato -no era para menos teniendo en cuenta que era un Beatle- llegó el día del concierto en El Campín, que desde hacía años no era prestado para este tipo de espectáculos. Filas llenas de gente de todas las edades con camisetas, manillas, pines, cachuhcas, etc. de los Beatles; Un público homogenizado por una poker face que no pretendía decir otra cosa que “Yo sé más de los Beatles que tú”, digno de este tipo de conciertos; en fin… Un ambiente increíble…
Todo iba bien, entonces, hasta que atravesé el último anillo de seguridad y uno de los conos de tránsito con vida (así llamo a los miembros del personal de logística, por su ineptitud y brillante vestimenta anaranjada) me dice en tono corporativo, y como si todavía lo estuviera practicando, “Bienvenido al concierto de la historia”.
¿Concierto de la historia? ¿Un concierto que llegó con un retraso de 50 años? No. No me crea tan aguacate.
No dormí, entonces, divagando que si bien McCartney, SIN DUDA ALGUNA, es el artista musical más importante que ha venido a Colombia a ofrecer un concierto, por encima de gigantes como Elton John, Sting y la misma Madonna que vendrá a finales de este año, hay otras variables que deben ser tenidas en cuenta para ponerle este rótulo a un concierto.
Primero que todo, la vigencia del artista. Paul McCartney dejó de hacer música “de alto impacto” hace varios años. Probablemente desde que los Beatles se disolvieron. Si un artista llena un estadio, basado en las canciones que lo hicieron inmortal hace 50 años, no estamos hablando del concierto más importante de la historia, sino de un logro histórico, como quien se gradúa del colegio a los 22 años después de haber repetido décimo grado cuatro veces.
En este sentido, consideraría mucho más importante, por lo que representó para el país haber sido incluido en la gira de sus conciertos, el concierto que dio Guns and Roses en El Campín en 1992; los conciertos de James Brown (Sí, ¡JAMES “GUERAPA” o “FEEL GOOD” BROWN!) y Tom Jones en pleno auge de los dos artistas en 1973; y el, desconocido para muchos, concierto que ofreció en el hoy llamado “Teatro Jorge Eliecer Gaitán”, Bill Halley & The Comets -intérpretes de “Rock Around The Clock” en 1962.
No me descarten aquí, de todas formas, el último concierto de Shakira, a la que pocos tenemos el don de mirar con subjetividad, en Bogotá; y si, como está por confirmar, Katy Perry y Lady Gaga incluyen a Colombia en su gira y vienen con sus #1s mundiales en el segundo semestre de este año, la discusión sobre “importancia” podría empezar a tener ganadores fácilmente.
Segundo, el tema de la calidad del concierto, como tal. Sería irrespetuoso e insolente tener quejas de Paul McCartney, su banda, su repertorio y su espectáculo, pero créanme que en este frío pueblo se han visto y oído cosas mejores y me refiero, específicamente, a una sola y es el concierto de “The Dark Side of The Moon Tour” que Roger Waters -bajista y compositor de Pink Floyd- nos regaló -porque el costo económico se le quedó corto al espectáculo- en marzo de 2007.
Sí. Yo sé que también es un concierto con 30 años de retraso, pero nunca se había visto un montaje así en este país: Surround impecable, las pantallas 3D, las animaciones proyectadas, el cerdo inflable con mensajes políticos (dos días antes de la venida de Bush) que salió volando al cielo, las luces que formaron el prisma del “Dark Side Of The Moon”, el repertorio, la banda, Roger… Todo.
No es cuestión de subjetividad, es un hecho que el mejor concierto, como concierto, que ha habido en Colombia es el que yo, personalmente, no llamo concierto sino experiencia; Es el que Waters dio ese inolvidable viernes en el que sentí, como muchos sintieron hasta el jueves, que podía morir tranquilo.

Seguramente, hay otras mil variables que podrían determinar qué tan importante es un concierto. Lo cierto es que entre la mil veces nombrada subjetividad que tiene esto de la música como expresión artística por excelencia, hay parámetros que nos permiten, por lo menos, debatir cuándo algo es lo que nos quieren hacer creer que es y cuando no… Y con el perdón de los que lo dicen y lo refuerzan, el concierto de Paul McCartney en Bogotá no fue -e incluso estuvo lejos de ser- el “concierto de la historia”.